historia

El oasis de Mhamid

Paisaje, historia y sociedad.

En las áridas planicies presaharianas regadas por el río Draa resalta hoy un rosario de reductos de verdor, frescura y vitalidad: los oasis. Una sucesión de inmensos palmerales se yergue frente al avance de las dunas, siendo el de Mhamid el último de ellos, pues poco después el río abandona la superficie y prosigue su curso hacia el Atlántico bajo tierra. En estos oasis se cobija buena parte de los habitantes de la región, al ser ya muy pocos los nómadas que habitan las ásperas tierras circundantes. Con inteligencia y pericia, quienes se aventuraron a roturar estos parajes fueron tejiendo durante siglos una compleja red de acequias y pozos que fue insuflándoles nueva vida. Crearon así verdaderos mares de palmeras datileras bajo cuya sombra cultivar trigo, legumbres, verduras y forraje para sus ganados.

La población se concentra en compactos pueblos amurallados, los ksur, cuyo singular es ksar, que parecen emerger como islotes de barro sobre el verde manto de los palmerales. Sombreadas calles y frescas viviendas generan hábilmente un microclima donde apenas pueden percibirse las temperaturas extremas y las tormentas de arena que asolan estos parajes.

Sin embargo, los altos muros de estos pueblos no se levantaron únicamente para defender a sus habitantes de las inclemencias meteorológicas, la enorme riqueza generada por estos oasis hubo de protegerse de las incursiones de las diversas tribus nómadas que dominaron con frecuencia este territorio. Su carácter remoto y la proximidad del inmenso desierto hicieron que el control político de la zona fuera generalmente tenue e inestable. Pese a ello, no hubo nunca falta de interés por someterla. No sólo era atractiva su producción agrícola, con la exportación datilera a la cabeza, sino que controlar esta área suponía dominar la que fuera una de las más importantes rutas comerciales entre el África subsahariana y la cuenca mediterránea hasta que los avances de la navegación permitieron optar por alternativas menos arriesgadas.

Esta estratégica ruta caravanera descendía por el valle del Draa hasta el oasis de Mhamid, la puerta del desierto, donde se pertrechaban las caravanas para una larga travesía a través del desierto hasta alcanzar las tierras que se conocían en aquel tiempo como el Sudán. En ellas se encontraban en abundancia oro, marfil y otros preciados productos que partían hacia la costa norteafricana y Europa desde grandes centros económicos y culturales surgidos al calor de este comercio, siendo Tombuctú el más renombrado de ellos, una ciudad que iría adquiriendo un estatus casi legendario. La relación entre ambas orillas del desierto sería siempre muy estrecha, dejando un importante poso cultural en el área que nos ocupa. Desgraciadamente en las últimas décadas diversos conflictos llevarían a clausurar estas rutas, interrumpidas hoy.

Pero el paisaje descrito no fue siempre así. Antes de importarse de Oriente Próximo la palmera datilera, no existían los oasis, tal y como hoy los vemos. Amplias zonas de pastos cubrieron parte de estas llanuras, entonces sabanas, y un gran lago se extendía más allá del oasis de Mhamid, cuya vieja capital, Mhamid El Ghozlane, toma su nombre de las muchas gacelas que pastaban en su entorno y que aún hoy puede el visitante encontrar ocasionalmente, si la suerte le acompaña. El desierto engulló buena parte de esta riqueza y sigue hoy devorando pueblos y campos de cultivo.

La población bereber y draua, como se conoce a los habitantes originales del valle del Draa, debió conformarse por pueblos venidos tanto por el curso alto del río como desde los confines del desierto. Los draua, de piel oscura, sin duda fueron los primeros en llegar desde el Sur; los bereberes, de piel clara, vinieron probablemente más tarde, del Norte y del Este. A ellos se unieron las tribus árabes que fueron asentándose más adelante en la zona, así como los esclavos negros traídos de más allá del Sáhara. Esta zona recibió sucesivas oleadas de pobladores hebreos como consecuencia de la diáspora y a ella llegaron también el cristianismo y, finalmente, el islam.

Valle del Draa

Las dunas de Erg Chigaga

Fue tras la llegada de esta última religión cuando las referencias históricas sobre la zona del Draa se multiplican, al quedar en el siglo VIII bajo el dominio del primer emirato fundado en Marruecos, el de Siyilmasa, con capital en el vecino Tafilalt. Este reino rivalizaría con el establecido poco más tarde en Fez por los idrisíes y su control de las rutas comerciales saharianas lo convertiría en una pieza clave en los enfrentamientos entre los califatos de Córdoba y de Kairuán. La desertización de la zona era ya un hecho y las caravanas de dromedarios habían pasado a ser fundamentales para seguir accediendo al oro y a los esclavos del Sudán.

Por él hubo de pasar en el siglo XI un grupo de monjes-combatientes bereberes del grupo étnico sanhaya llegados de la actual Mauritania, los almorávides. Tras conquistar el reino de Siyilmasa y hacerse con el dominio del comercio sahariano, se lanzaron desde estas tierras a la conquista hacia el norte del reino de Fez y de los reinos de taifas en los que se había dividido Al Ándalus y hacia el sur del reino de Ghana.

Los almorávides fueron sustituidos por una nueva dinastía bereber en el siglo XII, los almohades. Con la caída de éstos un siglo más tarde, la región quedaría sumida en la anarquía durante largo tiempo. Tribus de nómadas bereberes y árabes fueron invadiendo en sucesivas oleadas esta zona, buscando tanto controlar las rutas comerciales como someter a vasallaje a los pueblos sedentarios que cultivaban los oasis. La llegada de estos nuevos pobladores en sucesivas oleadas a partir del siglo XIII determinó una progresiva arabización cultural de los antiguos habitantes del lugar, y en especial de los drauas. Algunos de los nuevos pobladores, como los shorfa, considerados descendientes del profeta Mahoma, gozarían de una posición privilegiada. La inestabilidad y la inseguridad provocaron el hundimiento del comercio, entrando en decadencia todo el área que de él dependía. Esto vendría a agravarse más adelante con la apertura de nuevas rutas marítimas hacia el sur por los portugueses, quienes habían logrado dominar la costa marroquí, y con la explotación del oro americano por los castellanos.

El vacío de poder sería en parte llenado por las cofradías religiosas, las zauías, algunas de las cuales llegaron a dominar amplios territorios. Una familia de morabitos de la zauía de Tagmadert, en el propio valle del Draa, logró en el siglo XVI restablecer temporalmente el orden en los valles del sur. Ocupó pronto el resto del país, estableciendo una nueva dinastía saadí en Marrakech e infringiendo graves derrotas a los portugueses. Bajo el reinado de Ahmed El Mansur, los saadíes, apoyados por un ejército de andalusíes huidos de España tras la caída de Granada, recuperaron el control de las rutas caravaneras, llegando a tomar Gao y Tombuctú. Como recuerdo de aquella empresa han quedado en el oasis de Mhamid los restos de El Alouj, antigua fortaleza fundada por El Mansur como cabeza de puente para esta conquista.

La prosperidad que el comercio sahariano trajo al oasis se vio reflejada en el asentamiento de una importante comunidad judía en Mhamid El Ghozlane, en cuya calle principal se celebraba antes el principal mercado del oasis. Como recuerdo de su presencia en el ksar han quedado varias casas de particular riqueza constructiva, sin que lamentablemente se haya conservado la antigua sinagoga. La paz duró, sin embargo, poco tiempo y a los valles del sur regresaron a la inestabilidad y a las guerras tribales. Esta situación se prolongó largo tiempo, hasta que otra familia shorfa de Siyilmasa, la de los alauíes, logró imponer su orden en la región. Fue el sultán Mulay Ismail quien a finales del siglo XVII logró someter nuevamente a las rebeldes tribus de la zona, teniendo para ello que sitiar por largo tiempo Mhamid El Ghozlane, cuyas murallas fueron demolidas una vez sofocada la revuelta.

Pero con la muerte del sultán el resultado de sus esfuerzos pronto se diluyó, dando paso a una de las más belicosas etapas de la historia local. Los habitantes de los ksur, hostigados por las diversas tribus de nómadas guerreros tanto árabes como bereberes se veían obligados a pagar tributos a unas u otras a cambio de su defensa frente al resto. Diversas poblaciones se veían obligadas a asentarse en nuevos pueblos amurallados o a agruparse con otras tribus para poder protegerse.

Balanza en el mercado

Mujer preparando Cuscús

En el siglo XIX varias tribus bereberes emigraron desde el Atlas hacia el sur. Las grandes confederaciones bereberes Ait Atá y Ait Iafelmán se disputaron entonces el dominio de los oasis meridionales. El oasis de Mhamid quedó sometido a vasallaje por los primeros en algún punto de esta lucha, asentándose finalmente un importante grupo en el ksar de Rgabi ya a principios del siglo XX.

Los posteriores sultanes de Fez se apoyarían en caídes, cada vez más poderosos, para tratar de recuperar el control del sur, entre los que destacarían los de la familia Glaua, cuya sede estuvo originalmente en Teluet, dominando el paso del Atlas hacia Marrakech. En torno a 1890 comenzó la penetración en el país de franceses y españoles. Los franceses tomaron Tombuctú en 1893, asestando un golpe definitivo a quienes controlaban las rutas comerciales de la región. Los Glaui se pusieron pronto al servicio de los nuevos gobernantes, sometiendo para ellos y con su financiación los valles del sur. Sólo las confederaciones bereberes discutieron su poder, en especial los Ait Atá, no pudiendo ser dominados por los franceses hasta su derrota definitiva a mediados de los años 30 del siglo XX.

En el oasis de Mhamid se asentó un destacamento francés tras la conquista, edificándose una pequeña colonia en lo que hoy se conoce como Mhamid Nuevo, donde erigieron también el primer caidat, sede de la delegación local del gobierno. La distribución tribal de los diversos ksur ya no cambiaría, quedando así tal como había llegado al siglo XX. Desaparecerían, sin embargo, tanto los derechos de vasallaje entre unos y otros pueblos como la esclavitud, pasando a ser todos iguales ante la ley y diluyéndose con el tiempo las rígidas jerarquías y desigualdades de antaño. De ellas quedan sólo ciertos recelos entre las distintas facciones del oasis y fuertes estructuras familiares que siguen siendo determinantes en los antiguos ksur. El dominio de los Glaui continuó consolidándose en la zona hasta que en 1955 los alauíes recuperaron el poder perdido y el país logró independizarse de Francia.

Como consecuencia de esta accidentada historia, a un tiempo reflejo y desencadenante de numerosos avatares políticos del occidente mediterráneo, hoy conviven en el oasis de Mhamid poblaciones de drauas, bereberes, árabes, subsaharianos descendientes de antiguos esclavos y pequeños grupos de saharauis. Los hebreos, sin embargo, abandonaron la región en su mayoría entre los años 50 y 60 del siglo XX, estableciéndose en Israel. La distribución de las diversas tribus entre los ksur sigue estando estrechamente ligada a su belicoso pasado, existiendo aún núcleos bereberes, drauas, árabes y mixtos.