oasis

Dentro del exótico y misterioso mundo que constituyen los valles presaharianos del sur de Marruecos, con su forma de vida tradicional singularmente bien conservada y su paisaje que impacta por el contraste entre la aridez del desierto, las cumbres nevadas del Gran Atlas y el verdor de los frondosos palmerales, el valle del Draa, ceñido por los contrafuertes del Anti-Atlas al oeste y por los del Jebel Saghro al este, destaca especialmente por sus dimensiones, por su riqueza arquitectónica y por su historia, habiendo sido enclave de antiguas civilizaciones, encrucijada de razas y culturas, ruta de caravanas, cobijo de agrupaciones místicas, reducto de rebeldes, centro de poder y cuna de dinastías. Desde el angosto desfiladero por el que el Draa abandona precipitadamente el pantano de Al Mansour Ad Dahabi, en las cercanías de Ouarzazate, hasta el lago Iriki, en el que se esparcen sus aguas en años de lluvia abundante, desapareciendo a partir de ahí de la superficie, el curso de este río da vida a una sucesión de oasis de considerable tamaño, encadenados por breves tramos carentes de vegetación en los que circula entre peñas o se abre paso a través de cadenas montañosas transversales, como el Jebel Bani o el Jebel Hassan Ou Brahim.

Cada uno de estos oasis presenta un paisaje distinto -desde la mezcla de olivos y palmeras en un tupido bosque hasta la difícil subsistencia de estas últimas esparcidas entre las pequeñas dunas del desierto invasor- y también un aspecto humano particular, desde una población exclusivamente beréber perteneciente al grupo Masmuda, de tradición sedentaria y dialecto tasusit, en el alto valle, hasta un crisol de culturas en las zonas bajas, más accesibles, donde hallamos beduinos y jerifes de lengua árabe; negroides arabizados a los que llaman draua por ser los habitantes más antiguos del Draa; otros negros hijos de los esclavos que fueron traídos del África subsahariana; judíos islamizados en diferentes épocas, y beréberes del grupo Zanaga de raíces nómadas y dialecto tamazight que, a partir del siglo XVIII, se convirtieron en los protectores de los pacíficos campesinos, artesanos y comerciantes, por no hablar de los descendientes de aquellos numerosos moriscos y renegados europeos que anduvieron por aquí en el siglo XVI al servicio de los sultanes saadíes, cuya sangre se ha diluido por completo entre los demás grupos.

Y, dentro de este fantástico valle del Draa, el oasis de Mhamid constituye el extremo inferior, la última etapa del viaje, la “puerta del desierto” por la que salían en otro tiempo las caravanas de dromedarios llevando sal y artesanía marroquí al África negra para regresar seis meses más tarde cargadas de oro y esclavos y por la que penetraron en la Edad Media tribus nómadas venidas de oriente y ejércitos invasores, como el de los almorávides, procedentes del sur. Este contacto estrecho con el desierto inhóspito le da un carácter especial, rudo y bravío, impuesto por los elementos de la naturaleza pero desafiado por los refinamientos de la vida urbana que traían consigo mercaderes, militares y alfaquíes originarios de Fez o de Marrakech.

Así, en esta tierra agreste y desolada, en apariencia sólo propicia a la vida nómada, surgen inesperadamente modelos arquitectónicos muy evolucionados, como el morabito de Sidi Abdellah Khalifa o la entrada monumental de Oulad Driss; otros de clara influencia urbana, como la fantástica mezquita de Mhamid El Ghozlane, y otros más bien propios del Gran Atlas, como la kasbah de Sidi Khalil, que es la vivienda fortificada más meridional de la región. Estos y otros monumentos forman un patrimonio valioso ya de por sí pero que lo es todavía más por el entorno en que se hallan, en el cual revisten un carácter excepcional.

A pesar de esto y aun constituyendo desde hace varias décadas un foco de atracción turística importante gracias a la proximidad de las grandes dunas de Chigaga, el oasis de Mhamid sigue pasando casi desapercibido para la inmensa mayoría de los viajeros, que se limitan a descansar una noche en alguno de sus múltiples hoteles o incluso lo atraviesan a toda velocidad, sin detenerse, para ir a pernoctar en alguno de los campamentos igualmente numerosos que jalonan las dunas. Los tesoros arquitectónicos mencionados, así como los grabados rupestres, las ruinas de antiquísimas fortificaciones que coronan varias colinas a pocos kilómetros del oasis, los miles de túmulos preislámicos de Foum Larjam, la artesanía que producen algunos de los pueblos, el cautivador silencio que reina en el palmeral invadido por la arena a la orilla del Draa y el rico folklore específico de esta zona pasan desapercibidos para casi todos ellos.

Por supuesto, el encanto de estos lugares desaparecería si de la noche a la mañana comenzasen a llegar centenares de turistas ávidos de captarlos con sus cámaras antes de seguir a toda prisa el camino hacia las dunas. En gran parte, el valor de los mismos reside precisamente en su carácter desconocido, en la posibilidad que todavía tenemos de contemplarlos en solitario, con la satisfacción de haber llegado a rincones donde no todo el mundo llega. Por lo tanto, la presente obra va dirigida forzosamente a una minoría de viajeros “privilegiados”, que no sólo sepan apreciar el valor de los sitios anunciados en ella sino que además dispongan del tiempo necesario para recorrer los diferentes itinerarios propuestos, con calma y con el espíritu abierto. A este tipo de viajeros, entre los cuales cabe esperar que se encuentre el lector, les damos, desde ahora mismo y en el nombre de la hospitalaria población local del oasis, nuestra más cordial bienvenida.

Roger Mimó, diciembre de 2015

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