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La música está presente en la vida cotidiana para animar las labores del campo y de la casa. El folklore del oasis tiene tanto origen bereber como árabe. Los cantos y danzas se ejecutan en grupo y casi siempre acompañados de tambores y palmas. Ritmos entrecruzados y voces profundas que cuentan historias de otro tiempo.

Paseo 1

Ouled Youssuf y Mhamid son dos poblados que comparten su día a día, sus edificios importantes y sus lazos familiares. Apenas están separados por una calle y la relación entre sus habitantes es muy estrecha.

Nada más tomar la curva del camino que viene de Mhamid Nuevo, empezamos a ver los muros de Ouled Youssuf y la escueta cúpula de su mezquita. Es una cúpula pequeña, encalada. Al lado, un palo torcido sujeta el altavoz afónico desde el que se llama a la oración.

Rodeamos el edificio y vemos una puerta encalada, blanca, es la entrada a los baños de la mezquita. Ésta es una de las pocas mezquitas tradicionales que quedan en el oasis. No es fácil acceder al interior de las mezquitas, pero merece la pena preguntar a algún vecino e intentar echar un vistazo. Si no, una estupenda alternativa es esperar la llamada a la oración recostado en algún muro y ver cómo pasa el día en el oasis.

Frente a la mezquita está la puerta de entrada al poblado. Encaminarse desde ahí, recorrer sus calles y perderse por sus callejuelas es lo mejor que puede hacer el viajero para descubrir la vida del poblado. Aquí hay muchas calles cubiertas de gran belleza. Caminando hacia el noroeste, y saliendo por la otra puerta del poblado (sin restaurar todavía) llegamos a la zona de las huertas.

Entre las huertas, siguiendo en dirección noroeste, encontramos uno de los edificios más bellos del oasis: el Morabito de Sidi Abdellah Khalif. La mejor hora para visitar el morabito es por la mañana, cuando los rayos de sol atraviesan los pequeños huecos de los muros y el interior se ilumina con una preciosa luz dorada. Las paredes manchadas de cera y hollín nos hablan de las peregrinaciones y reuniones que acoge el lugar. Dice la leyenda popular, que este morabito hace desaparecer el dolor de cabeza.

Morabito de Sidi Abdellah Khalif

Es un pequeño edificio de planta cuadrada y coronado por varias cúpulas que surgen, sin esperarlo, de entre las palmeras. La sencillez e imperfección de estas cúpulas son parte de su belleza. No dejéis de mirar las cúpulas desde el interior, son fantásticas. En el centro del espacio vemos la tumba del morabito.

Seguimos caminando entre las huertas del palmeral, veremos varios pozos tradicionales hoy en desuso. En dirección oeste llegamos a una de las puertas de acceso a Mhamid El Ghozlane. Atravesamos la puerta y llegamos a uno de los espacios más interesantes de este poblado: es un tramo de la calle que se ensancha dando lugar a algo parecido a una plaza. Normalmente está lleno de vida, con niños que corren y juegan y mujeres que charlan en alguna esquina.

De esta plaza arranca la calle principal que, aunque quebrándose en algunos puntos, se entiende como la espina dorsal del poblado. Aquí se encuentra la antigua mezquita, cuya visita es absolutamente recomendable. A todo su largo van surgiendo adarves, calles semicubiertas a las que se abren las viviendas, y donde se desarrolla la vida cotidiana. Estos adarves están llenos de vida, de sombras, de chorros de luz que se cuelan desde el cielo y de siluetas de mujeres que ocultan sus rostros a nuestro paso. Entendemos cómo estas calles, frescas, en penumbra y muy agradables para el paseo, son la inteligente respuesta del hombre para habitar el desierto.

No está permitido el acceso a la antigua mezquita. Aunque ya no está en uso, los vecinos son celosos de este edificio y conviene buscar a algún vecino para pedirle que te acompañe. La mezquita es fascinante. La sala de oración, sembrada de decenas de columnas como “grandes patas de elefante” nos hacen intuir un pasado solemne en el que la mezquita daba servicio a miles de vecinos, nómadas y mercaderes de las caravanas.

Ahora está en ruinas, con algunos forjados derrumbados y con la amenaza de las termitas, que ganan terreno cada día y devoran la madera de los techos.

La cúpula del mihrab, restaurada en el siglo XX, es de gran belleza. Sí están en uso, sin embargo, los baños de la mezquita. Los vecinos siguen viniendo a realizar su higiene diaria: sacan agua del pozo, la calientan en un gran recipiente de cobre al fuego de la hoguera, despacio, acompañando el ritual diario de charlas animadas.

Merece la pena subir a la cubierta de la mezquita, hay dos escaleras que suben hasta ella. Es muy importante ir con mucha precaución, debido al mal estado del edificio y al deterioro de los forjados. La cubierta de la mezquita nos vuelve a recordar a una plaza, elevada, desde la que tenemos una perspectiva distinta del ksar y del oasis. Prestad atención a la cúpula del mihrab y a la torre cuadrada que vemos detrás, en el edificio al otro lado de la calle.

Dejamos la antigua mezquita y continuamos camino por la calle principal, saliendo del poblado, llegando a la nueva mezquita, punto neurálgico del Mhamid de hoy. Aquí llega la carretera y los pocos coches que se acercan al poblado, y aquí se sientan los viejos a charlar, a comentar y a hacer tiempo para la llamada a la oración.

Calle principal de Mhamid

Habitante de Mhamid